sábado, 7 de noviembre de 2015

EL ANARQUISTA FURIBUNDO 3 Y ÚLTIMA PARTE

Los hechos de la aciaga noche del 26 de junio y madrugada  del 27 estaban sucediendo con una celeridad y carga emotiva difícil de asimilar en una villa, la mirobrigense, poco acostumbrada a revueltas sociales con discursos anarquistas de por medio y a asesinatos selectivos y cruelmente  sanguinolentos. Tanto el Sr Atienza, el famoso anarquista que tuvo que hacer noche bajo el puente romano para evitar ser apaleado por la masa, como el asesino renacentista, descansaban sofocados al amparo de una cúpula  moteada de  estrellas con sensaciones diferentes; uno muerto de miedo y rabia, y el otro, con la sonrisa de ver cómo sus planes homicidas previamente planificados se iban fraguando inexorablemente.


Anacleto Pastor, el enterrador municipal, apenas tardó unos instantes en personarse en las Cuatro Calles con el carromato fúnebre tirado por una mula  y recoger así al exánime  bigotudo. Antonio Galán y los tres guardas municipales le dirigieron la maniobra  pues imaginaban que, como de costumbre, estaría totalmente beodo y no acertaría a cargar con el muerto a la primera.



-¡Vamos, rápido Anacleto, llévate al despojo de aquí que me estoy poniendo enfermo!- le increpó el Concejal mostrando su fama de autoritario. Manolo el guardia, por su parte, seguía apuntando, en la misma libreta que horas antes había señalado insurrectos anarquistas, pruebas  y pistas del suceso: hora posible del homicidio, sangre en el suelo, tiro en la sien y otra serie de obviedades para cabreo de Antonio:


-¡Manolo, deja de escribir chorradas en esa libreta de mierda y ayuda al borracho este!


Manolo y Anacleto miraron con sumisión al señor Concejal pero heridos por su comentario gratuito y despectivo. Puede que Manolo escribiera "chorradas" pero no dejaban de ser pruebas concluyentes, y puede que Anacleto estuviera totalmente borracho como acostumbraba, pero esa noche esta sorprendentemente sereno. 


Cargó el enterrador con el fiambre como quien carga con una ternera abierta en canal y lo acomodó en el carro con sumo cuidado y mimo.


- ¡Vamos Anacleto , por favor, que es un muerto y lo estás tratando como a una bailarina!- le recriminó nuevamente el Concejal de Seguridad Ciudadana.



Casa del Ceño. Lugar de los hechos.
Despejada la calle, el enterrador tomó  dirección a la Puerta del Sol para dirigirse al cementerio municipal. Por su parte, Antonio Galán y los tres guardias,   tomaron rumbo al Ayuntamiento para recabar información y abrir las pertinentes diligencias, no sin antes pasar por la redacciones de los diarios locales Avante y La Ibera y advertir a los redactores que de lo acontecido frente a la Casa del Ceño ni una letra impresa so riesgo  que se les aumentara el impuesto municipal desproporcionadamente. La advertencia surtió efecto; ni una sola letra impresa del crimen.


Los tres estudiantes aún seguían  escondidos en el portal de la Calle Sepulcro presenciando toda la escena. Cuando vieron que la calle estaba totalmente despejada fueron a husmear el atroz escenario. Isidoro advirtió un objeto negro y peludo frente a la puerta de la casa de los Miranda Ocampo y fue a examinarlo.



-¿Es una rata de cloaca esa cosa?- le preguntó Gabriel

- No-, le contestó Isidoro mientras lo cogía con las manos-es el bigote del muerto.


José María expuso que la posible la trayectoria del tiro en oblicuo le hubiera arrancado el bigote de cuajo. Rápidamente fue rebatida por Isidoro que no observó restos de epidermis en el mostacho.



-Entonces...¿es un bigote postizo?- puntualizó Gabriel mientras se lo quitaba de las manos a Isidoro para ponérselo bajo su naríz.

-¿A que ahora sí que parezco un anarquisista de verdad?-Les dijo Gabriel a sus amigos con el bigote tapándole prácticamente la boca.


Otro detalle que observó Isidoro fue el reguero de sangre. Para cerciorarse de su sospecha se arrodilló sobre el rojizo charco y acercó la nariz como un sabueso.


- Esta sangre no es de verdad. Aún es demasiado líquida. Ya se tendría que haber coagulado y además... no huele a sangre. Todo esto es muy extraño, ¿no creéis?

Los tres amigos tomaron la Calle Muralla dejando la escena del crimen atrás pues allí ya no había nada que rascar.


-¡Un momento! ¿recordáis lo que nuestro profesor Celorico nos dijo sobre la inscripción que hay bajo el alfiz de la puerta de entrada? "Mortali in vita requies mors, tu sola laborum"- Inquirió José María haciendo gala de su portentosa memoria.

- "Oh muerte, tu sola eres el descanso de los trabajos de esta vida mortal" tradujo Isidoro al instante.


Y mientras los dos amigos hacían cábalas intentando interpretar el siniestro mensaje y la relación que tenía con el asesinato, a Gabriel le entraron unas ganas espantosas de orinar en la inspiradora muralla que parecía estar construida para su micción y no para heroicas defensas del pasado. No conforme con echar una meada al uso quiso escribir sobre la muralla "Viva el anarquisismo". La "v" le quedó perfecta pero la i del viva entrañaba una maestría fuera de lo común pues debía hacer un taponamiento del conducto para que el chorrete fuera preciso con el punto. Con tanta filigrana el bigote del muerto que aún tenía puesto terminó por despegarse del todo y cayó al suelo. Este inesperado inconveniente le hizo perder la concentración y con falta de coordinación óculo manual apunto directamente al lugar donde había caído el mostacho postizo para embadurnarlo con el último ímpetu de su orín.



- Gabriel, acabas de echar a perder la única prueba concluyente que teníamos- le dijo José María

- De eso nada.- Y sin ningún miramiento Isidoro lo recogió  aún pingando y lo metió en el bolsillo de su pantalón.


El inteligente asesino renacentista había seleccionado meticulosamente la casa nobiliaria dejando una clara pista con la interpretación del deteriorado mensaje que reposa aún hoy en el entablamento de la casa de los Miranda Ocampo; una broma pesada de ser interpretada por el anarquista Sr Atienza si su lucha obrera y campesina se viera reducida a "oh muerte tu sola eres el descanso de los trabajos de esta vida mortal"



El Sr Atienza tomó de madrugada el largo camino que le llevaría a pie hasta Salamanca acompañado de los cinco estudiantes universitarios y pensándose seriamente dejar la lucha para volver a su Málaga natal. Quién sabe si para trabajar de panadero; lo único que verdaderamente sabía hacer. Echó  la vista atrás y miró desolado  Ciudad Rodrigo pensando: "efectivamente era un pueblo de mierda y jamás se producirá la revolución obrera y campesina en un sitio como ese"



PRÓXIMO LIBRO
EL ASESINO RENACENTISTA DE LAS CUATRO CALLES




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